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La Adoración Cambia Vidas

La Adoración

Salmo 34:1 Bendeciré, a Jehová en todo tiempo;,
su alabanza estará , de continuo, en mi boca..

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     Qué dijo Jesús de la Adoración? Fue entonces cuando Jesús dijo: «Yo. Yo soy el Mesías». Su respuesta a las palabras de Jesús sobre la adoración fue: Sin embargo, viene la hora, y ya es, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque así es como el Padre busca adoradores.

«Adoración» es una palabra que a veces usamos con mucha facilidad, y casi siempre nos referimos a «ir a la iglesia» o incluso simplemente a la parte musical del servicio al que asistimos. Al fin y al cabo, incluso los llamamos «equipo de adoración», ¿no?

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     Como Adoraba Al Padre? Jesús ciertamente ejemplificó la adoración al Padre en su vida; la suya fue una adoración integral. No solo nos puso el listón, sino que lo superó con creces. Jesús fue tentado como nosotros, pero no pecó ( Hebreos 4:14-16 ). Eligió adorar a Dios en lugar de ceder a la tentación. Cuando fue tentado, le respondió a Satanás:

“Está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás’” ( Lucas 4:8 ).

Jesús se comunicaba continuamente con el Padre; sin importar la necesidad, se apartaba para orar ( Lucas 5:16 ). Incluso cantaba himnos con los discípulos ( Mateo 26:30 ). Pero más allá de eso, Jesús se entregó en sacrificio a los demás. Vivió la vida que estamos llamados a vivir: amando a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.

Mateo se apresura a señalar en su evangelio las extraordinarias enseñanzas de Jesús sobre vivir una vida de adoración a Dios. Al comienzo del capítulo 5, escribe: «Viendo Jesús a la multitud, subió al monte y se sentó. Se acercaron sus discípulos, y comenzó a enseñarles» ( Mateo 5:1-2 ). Desde ese momento, hasta el final del capítulo 7, Jesús enseñó lo que significa vivir nuestra adoración. Esto se conoce, por supuesto, como el Sermón del Monte .

La Adoración Implica
una forma de vida que permite
tener comunión con el Espíritu Santo
(Juan 4:24)

Juan 4:20-24

La adoración que agrada a Dios

Introducción

Durante su conversación con la samaritana, el Señor abordó el tema de la adoración con una amplitud y profundidad completamente nuevas. De esta manera contestó a las inquietudes de la mujer, dejándonos también a nosotros una información muy valiosa que necesitamos para poder ofrecer a Dios una adoración que sea de su agrado. Porque no debemos olvidar que adorar a Dios es un asunto muy serio que no podemos tomar a la ligera. Y el pasaje que vamos a estudiar nos advierte de la posibilidad de creer que estamos adorando a Dios, cuando en realidad lo que hacemos puede ser otra cosa muy distinta. Por ejemplo, el Señor descalificó la adoración de los samaritanos cuando le dijo a la mujer: «vosotros adoráis lo que no sabéis». Por lo tanto, es importante que aprendamos por su Palabra cómo debemos hacerlo para no cometer errores similares.

A continuación haremos algunas aclaraciones sobre lo que es la adoración, cuáles son sus características a la luz de la Biblia, y consideraremos también la enseñanza que Jesús dio sobre el tema a la mujer samaritana.

1. ¿Qué es la adoración?

Adorar a Dios es la actividad más noble, elevada e importante que el ser humano puede realizar. Fuimos creados para eso, y cuando el hombre pecó rompiendo así su relación con Dios, él envió a su propio Hijo con el fin de redimirnos para que pudiéramos ser nuevamente verdaderos adoradores. Esto es lo que Jesús quería dar a entender a la mujer cuando le dijo: «el Padre tales adoradores busca que le adoren». Tan importante es el tema, que la adoración será nuestra actividad principal durante toda la eternidad. Lo podemos comprobar con frecuencia en el libro de Apocalipsis, donde todos los seres celestiales adoran a Dios sin cesar.

(Ap 4:8-11) «Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.»

Ahora bien, cuando nos preguntamos qué es la adoración, encontramos que, como es habitual en la Biblia, ésta no nos ofrece ninguna definición, sino que su forma de enseñarnos es mostrándonos numerosos ejemplos de personas que adoraban a Dios con el fin de que a través de ellos podamos aprender cómo debemos hacerlo nosotros.

Así pues, lo primero que observamos en las Escrituras es que un adorador es alguien que tiene una relación personal con Dios al que ama intensamente. Notemos por ejemplo cómo el rey David comenzaba el Salmo 18 expresando su amor a Dios: «Te amo, oh Jehová», para inmediatamente después invocarle porque reconocía que «es digno de ser alabado» (Sal 18:1-3). Como no puede ser de otra manera, es nuestro amor a Dios lo que nos lleva a adorarle. Aunque, por supuesto, este amor es una pobre respuesta al gran amor que hemos recibido de él (1 Jn 4:10). Por lo tanto, si la adoración no surge como una respuesta genuina de nuestro amor a Dios, todo lo que hagamos no pasará de ser simples ritos religiosos fríos y secos, carentes de significado, y que de ninguna manera agradarán a Dios.

Ahora bien, todos sabemos que el verdadero amor a Dios implica entrega absoluta. El Señor nos enseñó que para amarle hay que hacerlo con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente (Mt 22:37). Así pues, la adoración genuina implica la entrega de todo lo que somos como una ofrenda de amor. Podemos encontrar una buena ilustración de esto en el sacrificio de los holocaustos que se realizaban en el Antiguo Testamento. La particularidad que tenía este tipo de ofrenda era que el animal se ofrecía completamente al Señor en olor grato, a diferencia de los otros sacrificios en los que se reservaban diferentes partes para los sacerdotes o el oferente (Lv 3:1-9). Así que, podríamos decir que la adoración es una «ofrenda del todo quemada», donde el adorador no se queda nada para sí mismo, sino que se entrega sin reservas a Dios, consagrándole su vida entera a él. Parece que el apóstol Pablo tenía este tipo de sacrificio en mente cuando exhortaba a los cristianos en Roma:

(Ro 12:1) «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.»

Y si meditamos un poco más en esto, rápidamente nos daremos cuenta de que la expresión plena de este tipo de devoción la encontramos en Cristo cuando entregó su vida al Padre en la Cruz:

(Ef 5:2) «Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.»

Por lo tanto, adorar a Dios implica también sumisión y obediencia. No podemos adorarle sin haber rendido previamente nuestra voluntad ante él para servirle en todo cuanto nos manda. Ya hemos visto un buen ejemplo de esto en el pasaje de Apocalipsis antes citado, en el que en una escena celestial «los ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono» (Ap 4:10). El hecho de colocar sus coronas a los pies del Señor es una forma de expresar su sumisión, reconocimiento y entrega absoluta.

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